El Colgado y el arte de frenar

Durante gran parte de Octubre, la vida me estuvo pidiendo que frene. Estar tranquila en mi casa, en reposo, escuchándome y dándome el espacio para cuidar de mi cuerpo y sanarlo, algo que jamás habría podido hacer unos meses atrás por el trabajo que tenía y por las exigencias.

¿Exigencias de quién? Mías, principalmente (seamos sinceros), porque no me lo habría permitido nunca, no por creerme indispensable, pero casi. Y también las propias del trabajo (que también seamos sinceros), quieren que nos recuperemos, pero cuanto antes y, si te tomas más días de los que esperan, ya empiezan los nervios, sabes que están pensando en la faena que les estás haciendo por estar ausente tantos días, en que parece que te estás aprovechando  y casi puedes escuchar cómo se preguntan: ¿acaso no puedes conectarte desde casa aunque tengas los días de baja?.

¿Cómo no vamos a creernos indispensables a veces, si nos hacen sentir así?.

Aunque, a la hora de la verdad somos completamente reemplazables.

Lo que me ha pasado es que, en solo doce días, me operaron dos veces. Operaciones que podría -o tendría- que haberme hecho antes, y no tan seguidas. Pero cuando me lo dijeron, yo ya sabía que me iba del trabajo, y pensé que sería mejor hacerlas después del verano, cuando ya no tuviera que ir todos los días a una oficina, ni pedirle los días a nadie.

Y así sucedió.

Lo curioso es que, aun habiéndolo hecho así para poder estar tranquila -porque hoy mi tiempo depende mí-, no me lo terminé de permitir.

¿Qué te dicen que hagas después de una operación? Reposo.

¿Lo hice? Sí.

¿Cómo lo llevé? Fatal.

Al principio empecé bien, incluso disfrutando de esta quietud «obligada», porque me gusta estar en mi casa pero no me lo permito tanto porque cuando hacen días de sol -básicamente el 90% de los días del año en Madrid-, me da ansiedad estar acá metida y quiero salir.

Con el correr de los días, esta quietud fue calando bien profundo, sin que me diera cuenta. Me encontré, de repente, sin ganas, sin confianza ni entusiasmo, sin energía para interactuar con otras personas, metida hacia adentro y algo tocada emocionalmente.

Desde el punto de vista físico, hormonal y corporal, tiene todo el sentido. Dejé de moverme (justo en un momento en el que estaba muy activa, yendo casi todos los días al gimnasio o a caminar), dejé de generar endorfinas y todo el circuito hormonal y neuroquímico que se activa cuando haces deporte, se desactivó. No voy a entrar en detalles -si los quieren, les dejo el link de ChatGPT abajo, donde lo explica perfectamente-, pero básicamente, al frenar, me vine abajo emocionalmente.

https://chatgpt.com/share/68ff5c22-73ec-8005-a644-05fb11fa29a1

Cuando ya habían pasado casi dos semanas de reposo, el día antes de la segunda operación, momento en el cual ya empezada a sentirme emocionalmente más bajón, me saqué una carta de tarot para ver qué energía salía -lo hago muchos días poniendo la intención de que refleje la energía de ese momento-, y me salió El Colgado. Básicamente me estaba diciendo que no era momento de acción, sino de reposo, de frenar, de soltar el control y confiar. De darle tiempo a esto que necesitaba ser sanado para ya después salir y, desde esa energía de que algo ya se cerró -en mi caso, literalmente las heridas-, avanzar.

 

Lo primero que pensé fue que tenía todo el sentido del mundo, considerando lo que estaba viviendo. Como si todo lo integrase tan fácilmente en la vida, creí que por el simple hecho de sacar la carta ya había tomado conciencia del mensaje. Pero lo que realmente pasó es que lo que tardé en guardar esa carta en el mazo fue lo que tardé en olvidarme de lo que había salido.

Lo que sucedió en los días siguientes no será sorpresa para nadie: no acepté lo que sentía, todo lo contrario. A medida que pasaban los días, aumentaba mi malestar emocional y también mi resistencia a esa quietud que me estaba tocando vivir.

Aún con mucha gente dispuesta y queriendo acompañarme, sentí la soledad de estar en mi casa sola (valga la redundancia). Era el único sitio donde quería estar, justamente porque es mi lugar, pero donde no hay nadie para acompañarme y para ayudarme si algo me dolía, como era el caso tras 2 operaciones.

A esto vamos a sumarle que no soy muy buena para pedir ayuda ni para dejarme ayudar, algo que también estoy aprendiendo a hacer. El disfraz de la autosuficiente tengo ganas de quitármelo ya.

Esa vulnerabilidad que trae la salud me dejó al descubierto heridas que pensé superadas. El fantasma de la soledad -algo que tengo super trabajado y que he logrado no solo aceptar, sino que valorar muchísimo- se despertó y, a su paso, activó todos los aspectos de mi vida donde puedo sentir hoy esa soledad: la pareja (o al no pareja) y construir algo de cero sola.

Del primero, principalmente lo que me trajo fue sentir la falta de sostén emocional y económico en este momento de incertidumbre tan grande por el que estoy atravesando. Ese alguien que me diga: «No te preocupes, no estás sola. Apuesta por lo tuyo, que yo estoy aquí si esto te lleva más tiempo del que pensabas». Soy consciente que puedes estar en pareja y no sentir el apoyo, no es que idealizo todo, pero siento que si estoy con alguien, y las circunstancias lo permiten, es algo que espero tener. El sostén emocional por suerte lo tengo con muchísimas personas de mi vida que me apoyan y creen en mí, no lo doy por sentado, pero en este momento de vulnerabilidad, se incrementan las ganas de tenerlo, también, en este aspecto.

Respecto de crear algo de cero sola, sé que es algo por lo que pasa cualquier persona que emprende. En mi caso implica ser tarotista, creador de contenido, influencer, editar vídeos y básicamente, todo lo que el proyecto necesite, se me dé bien o no, me guste o no, y todo con la incertidumbre de no saber a dónde me va a llevar eso que estoy haciendo. Confío en mí y sé que, mientras sea fiel a lo que quiero contar y auténtica, estaré en el camino correcto, pero en este momento de vulnerabilidad, lo siento como una montaña muy grande que escalar sola.

Además de esto -o como consecuencia, no lo sé-, me estaba sintiendo como si hubiese perdido el entusiasmo. No sabía cómo avanzar ni veía cómo construir esto ladrillo a ladrillo. Quería poner el siguiente y no lo encontraba por ningún lado.

Toda la seguridad que tenía antes de las operaciones (que tampoco era tanta, seamos honestos, pero sí más que ahora), toda la actitud y las ideas que tenía, las había perdido. Quería avanzar y no sabía cómo.

El domingo, dándole vueltas a todo esto -una vez más- y medio agotada ya de sentir todo lo que estaba sintiendo, un pensamiento, muy obvio pero que hasta el momento tenía bloqueado, empezó a colarse por mi mente: ¿qué pasa si dejo de resistirme a la quietud y acepto que esto es lo que hoy necesito vivir?

Y así, como si fuese por arte de magia, al final del día se me vino El Colgado a la mente. Recordé que me había salido esta carta hacía ya varios días, que creía haber interiorizado, pero nada más lejos. Estuvo siempre ahí avisándome qué iba transitar e invitándome a que me entregue a hacerlo desde el amor y la aceptación, y no desde la resistencia y el sufrimiento, y como no la registré, sucedió lo segundo. Me fui a dormir reflexionando sobre cuánto sufrimiento nos generamos constantemente cuando pretendemos controlar las situaciones, resistiéndonos a lo que está pasando y esperando que sean distintas de lo que son.

Así que el lunes por la mañana, busqué la carta en el mazo, la puse al lado de la computadora y me senté a escribir.

Hoy, cuando la miro, ella me mira de vuelta y me hace las siguientes preguntas:

  • ¿Qué pasa cuando la vida nos pide frenar, soltar el control y dejar de resistirnos a lo que es, y nos dice: «No son los tiempos que vos querés, son los tiempos que necesitas atravesar, te guste o no»?
  • ¿Cuánto nos resistimos a estos tiempos de la vida, a entregarnos a los procesos, lleven el tiempo que lleven y no el que yo quiera que sea?.

Curiosamente, muchas veces pasa que, cuando realmente escuchamos estas preguntas, las integramos y dejamos de resistirnos; cuando nos entregamos a lo que es, una nueva forma de ver las cosas aparece. Nos abrimos a ese cambio de perspectiva que nos ofrece «estar colgados» boca abajo. Vemos algo que no habíamos visto hasta ahora, y algo nuevo se abre.

En mi caso, mi aprendizaje hoy es, «enterrar» mi cabeza bajo tierra -como invita la carta a hacer-, entregándole todos esos pensamientos que tanto ruido me generan y tanto me desconectan, los que me dicen que debería estar pasando algo distinto de lo que está pasando y que debería estar haciendo más de lo que estoy haciendo porque los días pasan y no tengo tiempo que perder.

Hoy elijo recordar que todo pasa por algo y entregarme al fluir de la vida y de lo que está ocurriendo, confiando que todo tiene su tiempo. Suelto esa ilusión de control en la que creemos que, si hacemos y hacemos, conseguiremos lo que queremos. Y ojo, no creo que las cosas pasen sin hacer nada, desde la comodidad del sillón, pero desde dónde hacemos lo que hacemos es lo separa el control de la presencia, del hacer desde el ser.

En el fondo, todos sabemos que el resultado no está asegurado. Y muchas veces, para poder avanzar, tenemos que retroceder para tomar impulso…o simplemente frenar, para que las cosas se acomoden y se estabilicen, y ya desde ahí, salir con más potencia.

Dejo por aquí también una carta de un oráculo que me saqué el lunes por la mañana.

Con amor,

Arantxa.

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